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‘Balaena biscayensis’

La ballena, ese majestuoso mamífero marino protagonista de innumerables cuentos, novelas y leyendas, ha sido noticia estos días en Donostia. Un rorcual común tuvo a bien elegir nuestro litoral para morir. Pero la costa vasca no solo ha estado poblada por este cetáceo. De hecho, una de las especies ya desaparecidas tomó el nombre del golfo que habitaba. Se trata de la ‘Balaena biscayensis’ o ballena vasca.

Haritz RODRÍGUEZ|DONOSTIA|2012/12/11
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El rorcual común que falleció en Donostia mostraba signos de enfermedad: estaba demasiado delgado. (Haritz RODRÍGUEZ/TRANSISTORIA)

Una ballena murió la semana pasada varada en la playa de La Concha de Donostia. Los primeros avistamientos tuvieron lugar el pasado martes, cuando el gigantesco animal fue visto surcar la bahía, para asombro de los lugareños. Aunque es bastante normal ver ballenas y otros cetáceos en el Golfo de Bizkaia, no es habitual que se acerquen tanto a la costa. Y si bien en los últimos años han aparecido algunos ejemplares muertos en nuestros acantilados y playas, lo que es totalmente excepcional es verlas vivas desde tierra.

Pese a que el verdadero espectáculo, el que la ballena ofreció mientras aún seguía viva, pasó la víspera bastante desapercibido, la ballena se convirtió en triste protagonista al día siguiente. Apareció varada sobre la arena de La Concha para exhalar el último suspiro y morir, al poco.

Según comentaron en la misma playa los responsables de la Sociedad para el Estudio y Conservación de la Fauna Marina Ambar, el cadáver no mostraba signos externos que pudieran haber producido su muerte. Es decir, debió morir de forma natural, probablemente enferma, según dedujeron los expertos por su extrema delgadez. Tenía algunas heridas que se produjeron al chocar contra las rocas antes de terminar en la arena.

La ballena que estos días ha mantenido en vilo a la población donostiarra era un rorcual común, de nombre científico ‘balaenoptera physalus’. Es el segundo animal más grande del planeta, solo superado por el rorcual azul (‘balaenoptera musculus’).

Esta especie está catalogada en peligro de extinción por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Casi 750.000 de estos rorcuales fueron cazados en el Hemisferio Sur entre 1904 y 1979 y en la actualidad quedan menos de 3.000 en esa zona. En 1991 fueron censados 3.500 ejemplares en el Mediterráneo, pero un estudio reciente indica que se cometió un error de cálculo, por lo que debe reconsiderarse esa cifra.

Una de las principales amenazas, aunque no la única, que se cierne sobre todas las ballenas es el ruido submarido generado por humanos, que se multiplica en zonas con gran tráfico de mercantes. El ruido de los sonares o de las prospecciones geológicas submarinas puede hacer que los cetáceos se desorienten, y es una de las razones del varamiento de ballenas en las costas de todo el mundo.

La ballena vasca, prácticamente desaparecida

Los vascos han tenido una relación estrecha con las ballenas a lo largo de su historia. Y aunque desde la Edad Media esta relación se basaba básicamente en su caza y explotación, no ha estado exenta de admiración hacia la especie. Los escudos de muchas localidades vascas, en las que la ballena está ampliamente representada, dan buena muestra de esa admiración. La visita recibida esta semana ha vuelto a revivir el mito, que parecía desaparecido desde 1901.

Y es que, según la canción popular vasca conocida como ‘Balearen bertsoak’, interpretada para el recuerdo por Benito Lertxundi, fue en aquel año cuando se cazó el último ejemplar de ballena en la costa vasca. Se trataba de una ‘eubalaena glacialis’ (nombre científico de la popularmente llamada ballena vasca). Sin embargo, para entonces la caza de la ballena había desaparecido. Ya por entonces, la aparición de la ballena cerca de Orio fue una anécdota.

Según el libro ‘Balleneros en el Cantábrico’, de José Antonio Aspiazu, aunque el negocio había desaparecido a mediados del siglo XIX, los oriotarras consiguieron dinamita y arpones y se decidieron a dar caza al animal. La ballena, como la que ha aparecido esta semana, estaba enferma, y los pescadores ni siquiera dominaban ya las tácticas de caza de sus antepasados.

Al principio no pudieron sacarle rendimiento económico, y se convirtió en una atracción turística. Finalmente consiguieron vender el aceite extraído de la lengua del mayor mamífero de la tierra.

En el Aquarium de Donostia aún se expone el esqueleto de otro ejemplar cazado en 1878 entre Getaria y Zarautz, ese que todo donostiarra guarda en su memoria desde la infancia.

Según un artículo publicado en 1895 por William Flower en el boletín de la Royal Colonial Institute y titulado ‘Los caladeros británicos y coloniales de ballenas’, del que extraemos en exclusiva los grabados que ilustran este artículo, «la ballena negra se encuentra en aguas de ambos hemisferios. En el Atlántico Norte, en el Pacífico Norte (donde son habitualmente cazadas por los japoneses), en el Cabo de Buenaesperanza, en Australia y en Nueva Zelanda, pero nunca en aguas tropicales».

Asegura, asimismo, que «la Ballena del Atlántico Norte (llamada balaena biscayensis) la japonesa (balaena japonica), la del Cabo (balaena australis) y la neozelandesa (balaena antipodarum) deben pertenecer a diferentes especies. Hasta que nuestros museos no tengan más esqueletos de especímenes, o se obtengan descripciones más detalladas, la cuestión no puede ser resuelta satisfactoriamente».

Herman Melville y la ballena negra

El propio Herman Melville, es su novela ‘Moby Dick’ (1851), señalaba que «entre los pescadores, la ballena que se caza para extraer aceite se denomina de forma indiscriminada de las siguientes formas: La Ballena, Ballena de Groenlandia, Ballena Negra, Gran Ballena, Ballena Verdadera o Ballena Franca (Right Whale en inglés). Hay mucha oscuridad en relación a estas especies que reciben múltiples denominaciones. Algunos pretenden ver diferencias entre la Ballena de Groenlandia de los ingleses y la Ballena Franca de los americanos».

El nombre científico de la ballena negra o ballena franca (denominada así porque era muy noble y fácil de cazar) es ‘eubalaena glaciales’. Se denomina de forma diferente dependiendo de su localización, y cuenta con varias subespecies entre las que se encontraría la ballena vasca o vizcaína. El primero en denominarla balaena biscayensis fue el zoólogo danés Daniel Eschricht en 1860, nombre que posteriormente también empleó otro conocido zoólogo, el británico John Edward Gray. Así está recogido en el libro de Mariano Ciriquiain Gaiztarro ‘Los vascos en la pesca de la ballena’.

La disminución de esta población se ha relacionado durante muchos años con la caza de la ballena en Labrador, en la que los vascos habrían tenido mucha responsabilidad. Sin embargo, un estudio genético de los restos óseos hallados en 1978 en un ballenero vasco del siglo XVII en Québec evidenció  que no es la sobrecaza sino un número históricamente bajo de miembros y la falta de diversidad genética lo que ha mantenido su la población tan reducida.

De las 21 muestras analizadas, solo una pertenecía a la ballena franca. Es decir, aparentemente la glacialis no era la principal presa de los vascos. Al estudiar el ADN extraído de 27 partes del mismo hueso, los investigadores hallaron que había «pocas variaciones genéticas, comparado con uno de una ballena franca glacial actual. El resultado habría sido distinto si la población hubiera perdido variación como resultado de una gran reducción en su tamaño, por ejemplo, debido a la caza». La práctica de la caza de la ballena desapareció en Euskal Herria allá por el siglo XVIII, aunque se mantuvo esporádicamente en años posteriores.

Al parecer, fueron las cacerías modernas en el norte de América las que contribuyeron considerablemente a la disminución de la población de esta ballena hasta principios del siglo XX. Lo cierto es que los pescadores vascos dejaron de cazar en Terranova muchos años atrás, cuando el Tratado de Utrecht puso punto y final a su actividad 1713. Hasta entonces, el volumen de ejemplares capturados que ha quedado registrado es infinitamente inferior a lo que se capturó dos siglos después. Cuando la especie fue protegida en 1935 solo quedaban 50 individuos.

La caza de la ballena en Euskal Herria se llevaba a cabo sobre todo en invierno, desde el 15 de noviembre hasta el 15 de febrero, cuando la ballena franca hacia aparición en la costa vasca. La ballena aparecía sola o con su cría, rara vez acompañada por el macho.  Esto se debe a que en invierno emigraban hacia el Golfo de Bizkaia, aguas situadas entre los archipiélagos de Azores y Madeira y las costas del Noroeste de África. 

Durante el verano ascendían hacia el Atlántico Norte, siguiendo la costa francesa y atlántica de Irlanda, pasando por las Hébridas hacia Islandia y Noruega, donde se alimentaban. La presencia de esta especie en aguas del Cantábrico se corresponde con la época de partos y el periodo inmediatamente posterior.

La ballena vasca está prácticamente extinguida en nuestras costas en la actualidad, aunque existen otras especies de cetáceos que aún surcan nuestras aguas. La última observación que se conoce de una eubalaena glacialis en el Golfo de Bizkaia se registró en 1980. En todo el Atlántico Norte apenas quedan 400 ejemplares de ballena franca.

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