Aitzole Araneta
Sexóloga y máster en estudios de género

Sexóloga y con máster en estudios de género, Aitzole Araneta lleva años luchando por la normalización de la transexualidad, algo a lo que, admite, todavía le queda un largo recorrido. En esta entrevista nos explica qué supone haber desaparecido de la lista de enfermedades mentales, así como las asignaturas pendientes para eliminar la transfobia.

«La identidad como hombres y mujeres no cabe en un sitio tan estrecho como la entrepierna»
Beñat Zaldua|Donostia|2012/12/14
Ahora, en un proceso como el que ocurrió con la despatologización de la homosexualidad, la enfermedad mental, denominada ‘disforia de género’, es sufrir por ello.

Según el DSM-5, los hombres y mujeres trans ya no son enfermos ni enfermas mentales. Según la OMS, todavía sí. ¿Qué supone esto para los y las transexuales?
En realidad, es una noticia que se ha convertido en ‘viral’ muy rápido en ciertos círculos, pero el titular en sí es maniqueo: según la versión definitiva del DSM-5 (el manual de los psiquiatras norteamericanos, y que se emplea en el resto del mundo también), la transexualidad como tal, o el deseo de cambiar las características sexuales secundarias o primarias, era una enfermedad mental. Ahora, en un proceso como el que ocurrió con la despatologización de la homosexualidad, la enfermedad mental, denominada ‘disforia de género’, es sufrir por ello.

Es un pequeño avance por dos motivos: porque pone el foco en el sufrimiento y no en el hecho de ser o no ser, y porque lo van a sacar de la parte de enfermedades mentales sexuales (estas siempre tienen un estigma añadido). Pero en la sociedad en la que vivimos,  es muy difícil, por no decir imposible, que una persona transexual no sienta ese sufrimiento, con lo cual va a tener que pasar por el psiquiatra que certifique que es quien dice sentir que es. Individualiza el sufrimiento, y no analiza las causas sociales de la transfobia.

Por otro lado, hay que poner el foco en otro diagnóstico que se ha expandido mucho: el trastorno de travestismo. Se ha expandido tanto este diagnóstico que en la época de crisis económica en la que vivimos el especialista puede clasificar a esa persona como un travestido (disfruta poniéndose ropajes del otro sexo, pero no se siente de ese sexo), y no como un chico o chica, que es lo que siente. Con este diagnóstico, y recogiendo la legislación vigente, esta persona ni tendría derechos a modificar sus documentos legales, ni a empezar un tratamiento sanitario para modificar sus características sexuales. Por lo que en la práctica, poco cambiará por esta ligera modificación en el DSM. Una completa despatologización, que es lo que ha sucedido por ejemplo con la nueva ley que regula estos cambios en Argentina, sí que resultaría en una menor estigmatización.

Estás participando en la revisión del catálogo de la OMS, en el que se prevé que también desaparezca la transexualidad como enfermedad. ¿Cómo son estas revisiones?
El trabajo consiste en que, aprovechando que el catálogo de la OMS no es un manual solo de enfermedades, sino que también incluye otras realidades que, sin ser enfermedades, se incluyen para que se pueda garantizar un acceso y tratamiento sanitarios correcto (por ejemplo, el embarazo, el parto y otras realidades) y con una justificación diagnóstica, se pueda de alguna forma incluir la realidad de las personas trans en estos presupuestos. En realidad es un trabajo muy técnico, y no puedo avanzar demasiado, ni siquiera si las propuestas realizadas hasta el momento vayan a tener un resultado en el sentido de despatologizar la transexualidad en este manual. Pero de momento, el contacto, la voluntad y el trabajo se están dando.

Más allá de los manuales de psiquiatría, en la vida real hombres y mujeres transexuales se topan con dificultades todavía mayores. Sin ir más lejos, las tasas de desempleo entre transexuales son altísimas. ¿Cuáles son los principales problemas con los que se encuentran?
Evidentemente, el desempleo es una de ellas, con tasas de hasta el 80% de paro incluso antes de tiempos de crisis. Como todo lo que se desconoce da miedo, y más si hablamos de cuestiones identitarias que nos afectan a todos como es el ser y sentirse hombre o mujer, muchas personas transexuales tienen problemas desde que son muy pequeñas: en el colegio no consiguen integrarse en grupos de amigos, por un entorno hostil que no comprende lo que pasa, y tienen dificultades para avanzar en los estudios, y por muchas de sus características sexuales son identificados e identificadas con el sexo con el que no se sienten, sino con el que los demás ven.

Afortunadamente, se ven pequeños avances en los últimos años, las personas más jóvenes están llegando a integrarse mejor que antes en grupos, avanzando en sus estudios. La palabra ‘transexualidad’ se conoce, y por lo tanto ha dejado de ser invisible. Son avances esperanzadores, pero hay que romper con muchas ideas preconcebidas que llevamos arrastrando muchos años.

Se incluye a las personas trans dentro de los colectivos LGTB. Sin embargo, tanto la homosexualidad como la bisexualidad son cuestiones de orientación sexual, mientras que la transexualidad se enmarca más en la identidad sexual. ¿Cree que la sociedad es consciente de esta distinción?
Mezclar el anhelo por el otro (la orientación sexual del deseo) con la propia identidad sexual (el sentirse hombre o mujer) es algo que se confunde aún hoy muchas veces. Pero estamos hablando de dos cosas diferentes. Una es mujer porque siente serlo (y da igual si es transexual o no, el caso es que lo siente), y no porque le atraigan hombre o mujeres y la sociedad acepte o no esa orientación.

En la base de todo ello es que vivimos, aún a día de hoy, en un paradigma muy concreto, que ya los griegos denominaros el paradigma del ‘locus genitalis’: los genitales marcarán lo que somos, nuestros rasgos de personalidad, y cómo actuamos. El caso es que, partiendo de la estadística, parece que muchos hombres y muchas mujeres cumplen estas premisas (aunque si nos fijamos bien, no hay casi nadie que cumpla esa figura arquetípica puramente masculina o femenina de la que hablo).

Sin embargo, al igual que el hecho de la homosexualidad desmiente que automáticamente podamos asociar a que el tener un pene significa que te gusten las mujeres o que con ello necesariamente tengas que penetrar, fecundar etc., las personas transexuales han traído consigo la muy importante reflexión de que todos nosotros no tenemos una identidad sexual por los genitales que tengamos. Poner el foco de cosas tan importantes como nuestros anhelos o nuestra propia identidad como hombres y mujeres en un sitio tan estrecho como nuestras entrepiernas, además de ser falso, hace que este paradigma resulte especialmente dañino por ejemplo para las personas transexuales, que lo tienen especialmente difícil para encajar en ese ‘eres lo que tienes entre las piernas’.

¿Cuáles cree que son las tareas pendientes y los pasos necesarios para conseguir la normalización de la transexualidad?
Es necesaria una acción conjunta de educación, legalidad y sanidad. Una educación que se ajuste a la evidencia del hecho sexual humano, y que por tanto deje de considerar a ciertas personas como enfermas y de obligar a periodos de un mínimo de dos años de tratamiento obligatorio que estigmatiza, margina y dificulta aún más las opciones de vida y de trabajo de estas personas, también para poder conseguir una documentación legal que refleje a esa persona de verdad. Cabría una reflexión acerca de por qué el Estado se tiene hacer cargo de una vivencia tan íntima como es nuestra identidad sexual, al hacerlo patente en todos nuestros documentos oficiales. Y para acabar, un paradigma puramente sanitario que deje de convertir a las personas en ‘menores de edad’ tuteladas por gente con muy poca formación en sexología, y ni siquiera en temas de género.

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