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El futuro de Azawad

François Hollande ha querido presentar la intervención francesa en Mali como una operación contra el «terrorismo global», simplificando de esta manera la complejidad de un territorio como el de Azawad, donde corren el riesgo de empantanarse en un proceso en el que ya hay quien ve similitudes con Afganistán.

Beñat Zaldua|Barcelona|2013/02/06
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Soldados del Chad en Azawad, en el marco de la operación Serval.(Boureima HAMA/AFP)
Hollande corre el riesgo de empantanarse en Azawad, donde numerosos analistas alertan ya del riesgo de «afganización».

Los objetivos de la intervención francesa y el futuro de Mali son las dos principales preguntas a las que los analistas tratan de dar respuesta casi un mes después de que el presidente francés, François Hollande, pusiese en marcha la operación Serval en Azawad, el territorio tuareg al norte del Estado maliense, con el objetivo de expulsar a los diversos grupos islamistas de la zona y restaurar la autoridad de Bamako sobre una zona que el año pasado los tuaregs declararon independiente.

La respuesta del propio Hollande es muy sencilla. Contradiciendo lo que dijo un reciente 11 de octubre -«no habrá hombres en el territorio»-, el pasado 19 de enero, el presidente francés aseguró que las tropas galas se quedarán en Mali «el tiempo necesario para que el terrorismo sea vencido». Tres días antes, desde el Ministerio de Defensa ya advirtieron de que se preparaban para una intervención larga. Es decir, el futuro y la duración de la intervención francesa es incierta y su objetivo, el supuesto fin del «terrorismo», difuso.

Y es que resulta complicado predecir el futuro de una operación cuyo máximo impulsor se contradice repetidamente, muestra de la improvisación con la que parece estar efectuándose. Los mensajes difundidos desde el Elíseo en las últimas semanas, en las que se refuerza la tesis de la lucha contra el «terrorismo», no han tardado en generar críticas que la califican de simplista, peligrosa e inalcanzable. Sin ir más lejos, el responsable de investigaciones del Instituto de Estrategia y de Conflictos de París, Olivier Zajec, se preguntaba en un reciente artículo: «¿Cómo ver claro allí, en ese pandemónium en reconfiguración permanente, si uno se contenta con calzarse los anteojos deformantes de la ‘lucha contra el terrorismo global’?».

La «afganización»

El propio Zajec señala que «para completar el relato de la aventura maliense, antes hay que retroceder en el tiempo. Empieza en 2001, en Afganistán», donde se inaugura la doctrina de la «lucha global contra el terrorismo». Pero no son pocos los que ya han advertido a Hollande de que «vencer» al terrorismo es tan improbable como vaciar el Sahara de arena y son muchos, también, los que han anticipado una posible «afganización» de Azawad. Los rebeldes se repliegan a sus bases desérticas y, tal y como ocurrió en Afganistán, no sería extraño ver a Hollande de aquí a pocos días celebrando el éxito de la operación. Pero de aquí a afirmar el final del conflicto queda un trecho demasiado grande.

Así lo cree también, desde IPES Elkartea, el investigador Javier Aísa, que cree que los rebeldes «se han replegado al desierto y volverán cuando tengan más posibilidades». Aísa, uno de los impulsores de la iniciativa África Imprescindible, asegura que «las peculiaridades del Sahel marcan diferencias con Afganistán» y menciona, entre otros, la ausencia de bases en otro país y la diseminación por el territorio.

Los juegos de poder en Azawad, entre grupos salafistas que apuestan por su estricta interpretación de la sharia –con su consecuente represión hacia la población–, grupos supuestamente yihadistas más preocupados por el secuestro de blancos y el tráfico de drogas que por los mandamientos de Alá, y los independentistas tuaregs más o menos laicos, –junto a la población árabe y de otras etnias–, hacen que la definición simplista de ‘operación contra el terrorismo’ caiga por su propio peso.

Pese a lo condenable de las acciones de los fundamentalistas, resulta evidente que el Estado francés decidió intervenir solo cuando la capital, Bamako, estuvo amenazada, y no antes, cuando destruían siglos de cultura en Tombuctú. Queda claro, por lo tanto, que más allá de los principios de la Revolución francesa, son los intereses geoestratégicos los que mueven a Hollande a querer mantener viva su influencia en África Occidental. Pero es aquí donde puede quedar empantanado. El Estado de Malí hace aguas y sin la presencia francesa, será difícil que consiga mantener los recuperados territorios del norte, en los que ni los grupos salafistas ni los independentistas han sido eliminados –aunque estos últimos son menos y más débiles–. No cabría extrañarse si vuelven a sus actividades una vez el Ejército francés –que este año sufre su recorte más drástico en décadas– afloje la presión sobre el territorio.

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