Los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea y el presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy, han fracasado en su intento de conciliar las posiciones entre quienes quieren pagar menos a la caja común y quienes quieren más dinero. Volverán a citarse a principios de 2013, con lo que confirman que en el Consejo Europeo de diciembre este tema no estará sobre la mesa. Angela Merkel quiere hablar de otras cosas y es posible que esa cumbre tenga consecuencias también en la negociación presupuestaria.
Los principales contribuyentes al presupuesto comunitario habían avanzado esta mañana que no cabía hablar de drama si la cumbre se cerraba sin acuerdo, dando a entender que las posiciones estaban muy alejadas. Pero el hecho de que aún no haya habido acuerdo sobre el marco presupuestario 2014-2020 no quiere decir que esta cumbre no haya ofrecido pistas suficientes sobre lo que puede ocurrir. El presupuesto será sensiblemente menor, eso parece obvio, lo que dejará la pelota en el tejado del Parlamento Europeo. Pero en Bruselas ha ocurrido algo peor: a los 27 no parece que les haya temblado el pulso a la hora de cortar en partidas que hasta hace nada parecían ser estratégicas e intocables, aquellas que ellos mismos anunciaron a bombo y platillo con el plan de competitividad por el empleo y el crecimiento que acompañaba al Pacto Fiscal y que fue presentado como un logro de Hollande. Todo eso quedará en nada antes de nacer, y la forma que tendrán de maquillarlo será reordenar el gasto en política de cohesión fomentando proyectos que tengan en cuenta esas premisas: empleo y crecimiento.
Esta cumbre ha demostrado, además, que es casi imposible que la Unión Europea alcance un acuerdo si tiene margen para retrasarlo. Y con el marco presupuestario plurianual todavía tiene margen, según el calendario oficial. La Unión Europea ha demostrado en este Consejo Europeo que ha llegado, una vez más, sin los deberes hechos, porque no es lógico que Van Rompuy convoque los «confesionarios» (reuniones uno a uno con todos los mandatarios para saber qué opinan de su borrador de acuerdo) el mismo día que arranca la cumbre.
La imagen que han ofrecido los jefes de Estado y de Gobierno ha sido lamentable. La fotografía que mostraba a Van Rompuy esperando en la puerta de su despacho a que los líderes acudieran a confesarse ha ilustrado un Consejo Europeo en el que apenas ha habido reunión plenaria. Lo que sí ha habido, y de sobra, es una defensa a ultranza de los intereses estatales por encima de cualquier lógica. El nuevo borrador de acuerdo que salió de esos «confesionarios», curiosamente, llegaba a aumentar las partidas destinadas a los fondos estructurales y de cohesión y a la política agrícola, las dos partidas que más dinero se llevan de la caja común y que, en muchos casos, han sido sinónimo de despilfarro, mala gestión y nulo control. Sin embargo, el último borrador se cargaba muchas de las inversiones y proyectos europeos que estaban destinados a generar más competitividad, crecimiento y empleo. Madrid y París, cada uno defendiendo lo suyo (fondos europeos y ayudas a la agricultura), han sido tan intransigentes como Londres con su exigencia de mayor rebaja del presupuesto. Y a Berlín no le importa esperar; es quien más tiempo tiene para gestionar el caos en que se ha convertido la Unión Europea, en espera de que presente su diseño de nueva arquitectura institucional, económica y monetaria en el Consejo Europeo de diciembre. Van Rompuy anuncia que su próximo borrador será más restrictivo aún, lo que supone un torpedo en la línea de flotación de la Comisión y Parlamento europeos, que pueden ser los grandes perdedores de esta negociación.
Sartu